viernes, 31 de julio de 2015

A Banda Negra no seu 25 Aniversario


EL SARGAZO AMARGO por ELISEO ALONSO


El sargazo hay que buscarlo en las sudestadas, cuando las olas se hacen añicos y el mar nos arroja a la cara su sal. Entre el faro de Cabo Silleiro, que blanquea el océano, y el portugués de la Insua, en la foz del Miño, podemos extender este bronco litoral de los sargazos.
En todo un granito salvaje con nidales de percebes y pulpos. A él bajan las argaceiras, que mejor sería –y desearíamos- ver en otros lugares. Muchas son de tierra adentro; vienen campesinamente y traen a la ribera su canción verde de resina y pinos. Pero todas ellas saben que el mar es otro cantar. Como es el romance, sólo dice su canción al que consigo va. Las argaceiras se entregan y danzan con él, mientras la tragedia cabrillea en las espumas de la resaca. De nuevo parten, ahora marineramente, de la ribera hacia el prado. En su caravana de caballos de color sargazo transportan las algas de sugestivos nombres: “soja”,”folla de maio”, “carallote”, empleadas todas –menos la “xerez” de la que se extrae yodo –como valiosos fertilizantes.
Es la cosecha del mar devuelta a la cosecha del campo. Es preciso robar, poco a poco, al océano lo que este hurtó para siempre a la tierra. Son aquellos nitratos potasa, fosfatos y manganesos que el mar arrastró, pero que las algas absorben en gran cantidad constituyendo, de este modo, un abono excelente para los cultivos hambrientos.
Bajas estas buscadoras de algas hasta la foz del Miño y la isla Insua con su caserío para las temporadas argaceiras de Portugal: bajan las de La Guardia, El Rosal, Santa María de Oya, Bayona, Gondomar. Por toda la costa abrupta y bramadora el mar abierto ahoga y arroja las algas que han de “pescar”, a la deriva, las mujeres del “clamoeiro”, un simple artefacto semejante a un gigantesco cazamariposas. También las gamelas salen a su peligrosa búsqueda costera con el “arrastón”, instrumento consistente en una red provista de una barra de hierro por abajo y de un listón por la parte de arriba. En Portocelo, y en otros lugares de nuestro litoral existen salpicadas por el Atlántico pequeños grupos de casas marineras que son a la vez almacén de argazo y vivienda de las argaceiras.
Una pequeña fauna biológicamente adaptada a las algas, habita en ese gran acuario natural del fondo del mar. Son esos bellos caracoles, diminutos cangrejos, e iridiscentes bivalvos – alegría de los chiquillos que los recogen cuando el sargazo está en tierra –que viven encaramados en el dorado bosque de ese sumergido y hermoso mundo del silencio.
Las algas que arroja el mar y que aquí se emplean casi exclusivamente como abono, encierran una riqueza insospechada. A la memoria de muchas vendrán el “agar-agar” y otras aplicaciones más importantes, rendidoras y casi totalmente desconocidas. Su industrialización, con buenos resultados, ya ha comenzado en algunos lugares de Galicia.
Mientras no veamos esas nuevas fábricas para elaborar los valiosos subproductos de las algas y no contemos con sistemas más avanzados para su cosecha marina, seguiremos viendo la estampa bella, pero un tanto dolorosa de las argaceiras que danzan con el mar y con la muerte buscando el amargo sargazo nuestro de cada día.
(Foto del autor)
ELISEO ALONSO
PUEBLO GALLEGO, 13 de Enero de 1963

José M.ª Rolán