jueves, 7 de agosto de 2014

¡SIEMPRE VIVIRÉ RECORDÁNDOTE!


            Siguiendo el laberíntico y sinuoso jardín guardés, a cada paso, se suceden paisajes que contrastan escenas de variado colorido, unas veces el Océano Atlántico que, aunque, inmensamente grande desaparece a nuestra observación en el punto del horizonte, merced al continuado movimiento rotativo de nuestro Planeta; otras veces, brotan y surgen aglomeradas casitas labradoras que, como blancas gaviotas, quieren sobresalir y dominar con su figura a los viñedos emparrados, mientras que los maizales, en perfecta alineación, enhiestos y robustos como recompensa a una gestación vigorosa, quieren, también, ellos, reverdecer con su asistencia la campiña, en cuyas inmediaciones o proximidades se halla el titánico e ingente escenario que culmina con la nota saliente del soberbio reducto del Tecla.

            En su cumbre y como cenador colgado en lo más alto del Monte, se alza un suntuoso Hotel, que, con su magnificencia, es paralelamente similar a aquellas moradas de antiguos señores feudales, evocadoras de recuerdos de antaño. Desde el corrido y amplio balcón del “Pazo” que, así nominalmente se llama el citado Hotel, se esclaviza y avasalla, por completo, toda la Comarca, vestida con rico boato verde, mientras que el Río Miño, con su ancho y desparramado caudal, en función aduanera, separa, con sus limpias y cristalinas aguas, a dos Naciones hermanas.

             Salpica el suelo, refrescando el ambiente que rodea la cúspide del Monte Tecla, una tupida y extensa vegetación que, a la vez, parece cumplir la tarea de proteger con las copas de los frondosos árboles la Capilla donde se guarda y venera la Sagrada Reliquia de su Santa, sirviendo, al propio tiempo, para suavizar el bochorno del Sol y sus calóricos rayos en la época estival.
            De otro lado, y desde uno de sus muchos y elevados observatorios graníticos, el Tecla nos ofrece el espectáculo de admirar los dentellones y mordeduras, bien visibles, por cierto, en los días claros y serenos, de las aguas del Atlántico a las acantiladas costas guardesas, operación que pretende furtivamente enmascarar en el turbulento espumaje de sus agitadas y bulliciosas olas, que arrastran fajas blancas de menuda arena, que depositan en las pequeñas playas naturales,  donde se guarecen visitantes y forasteros para bañarse y practicar la natación, abrigadas de unas rocas que salen a su paso, restándoles energías, mientras que la atmósfera se impregna de un fuerte olor a marisma, que produce un agradable bienestar.

            No acierto a encontrar por más que me obstino, el verdadero vocabulario expresivo de tanta beldad, y mucho menos, aproximarse a la formación de una idea cuyo contenido explique, aunque, sea, a grandes rasgos, los inimitables panoramas que se producen constantemente desde cualquier rincón de La Guardia; recorrer y deleitarse, a través de su Comarca, con sus encantos, es acto que, solo y personalmente, debe ser criticado y juzgado por quienes lo contemplen.

            Yo, y ante el recelo y desconfianza de quedarme corto y escaso en mi apreciación al explicar la magnitud de tanta hermosura que la Naturaleza ha volcado sobre esta Villa gallega, como recuerdo de su mejor dádiva, cedo gustosamente esta función fiscalizadora a todos y a cada uno de los visitantes que tengan el alto honor de traspasar sus umbrales.

            Pero esto no es óbice para que a este respecto diga que, entre las incalculables bellezas turísticas que encierra Galicia, sea ésta, la de La Guardia, una de las que, con mayor fuerza y raigambre, quede prendida y grabada en la mente del viajero.

            Mi opinión como persona familiarizada, al igual que los guardeses, con la excelsitud y suntuosidad nacida de la contemplación diaria de tan sublime hermosura, es que un fallo justo con respecto a La Guardia, no puede ser otro que exponiendo calificativamente y con sinceridad que que esta Villa marinera “es prez de Galicia y bendición del Cielo”.

                                                                                              La Guardia, agosto de 1955


                                                                                              José Cólera González.
Publicado no libro das Festas do Monte de 1955

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