viernes, 17 de mayo de 2013

El Miño y sus peces



PROSA FESTIVA                                                              La Habana (nº 5 del 10.07.1917)
El Miño y sus peces
            Teníamos la fiesta del Arbol, la fiesta de la Flor, y…la fiesta de San Roque, y, ahora, para robustecer la serie, acaban de establecer en Tuy otra nueva fiesta: la del Pez que, naturalmente, será entre todas ellas, la que más y mejor colee, siempre, desde luego, que el pez no resulte rana.
            Para repoblar el río Miño, el río de nuestros amores galicianos, fueron soltados días atrás en su plácida corriente, y con toda ceremonia, cuatro mil jamarugos, o si se quiere, cuatro mil salmones, en estado de larva, cría que, de no ser devorada prematuramente, ya que también en los ríos se dan casos de canibalismo, llegará rozagante a la edad adulta. Convertida entonces la cría en esos grandes y sabrosos pescados de carne apetecible y sonrosada, harán una vez en tierra, la delicia del paladar de los gourments (dicho sea en francés para mayor elegancia) y aún de los que no lo somos, pero que también nos gustan los bocados exquisitos, provengan de la tierra, del aire, del mar o del río.
            ¡Lástima que los salmones se vendan en la plaza a peso de oro, igual que si fueran fórmulas farmacéuticas de las más sencillas!
            Y digo lástima, porque ya no de cuerpo entero, que esto sería inasequible al bolsillo pobre, pero ni siquiera en fracciones minúsculas como las que nos suministran nuestros restaurantes, le podemos hincar el diente al salmón los infelices que tenemos que contentarnos con ver los soberbios ejemplares de cuerpo presente al través del cristal de los escaparates.
            No por eso quiero yo ser egoísta, y mi deseo es que los salmoncitos echados recientemente al agua, a suerte y ventura, se desarrollen y se críen gordos, sanos y lucios en nuestro bien amado río.
            Lo peor aquí está que siendo el Miño un río “común de dos”, usufructuado asimismo por los vecinos de enfrente, los peces, que desconocen las componendas diplomáticas y no entienden de límites geográficos ni saben de fronteras ideales, tomarán por una indivisible la masa líquida en que se agitan, y nadando indistintamente en aguas españolas y portuguesas, es posible que vayan a caer de bruces, o como sea, en las redes de los pescadores lusitanos que se lucrarán luego de los ricos salmones que nosotros hemos criado, si no a nuestros pechos, en los viveros de piscicultura nacionales.
            Pensar que tal puede ocurrir, me subleva el ánimo, no solamente en mi calidad de habitante de la margen derecha, sino también como aficionado a saborear los pescados de agua dulce, ya me los sirvan fritos en la sartén, ya con salsa mayonesa.
            Para evitar abusos y extralimitaciones por parte de unos y otros usufructuarios de la riqueza fluvial, no cabe aquí otra cosa que dividir el Miño por medio de un tabique desde Arbo a Camposancos.
            Y por si esta mi idea colosalmente hidráulica puede ser realizable, la someto gustoso a la consideración de los señores hidrógrafos.
            Y dicho esto, abandono por hoy la vía húmeda.
El Huérfano de Bembrive

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